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VIENDO EN PARTICULAR

Diego L. García | Es el paisaje monótono pero suficiente

vaqueros          todo trata sobre vaqueros    el amor por ejemplo es un viaje al oeste  sin Texas ni Kentucky  (tal vez como la Dodge City ...

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marzo 24, 2025

Juan Carlos Moisés: Lectura nocturna


Lectura nocturna




Con la noche despierta en la mesa de luz
leo con atención tumbado en la cama,
los viejos motores de la usina eléctrica
retumban a dos cuadras de distancia,
algo inquieta a los teros en el campito
y hacen llegar una especie de aviso o queja;
entre un sonido y otro se cuela
el ruido de un auto que pasa,
todo se oye como si las partes sonoras
entraran y salieran del libro,
como el libro entra, envuelve
un punto señalado y sale de la noche
con las palabras alteradas.
Ya conocemos el funcionamiento,
cada cosa tiene lo suyo para prestarle
atención, como saber que no podemos
esperar de un libro titulado
“Para una tumba sin nombre”
que no tenga el matiz del desencanto,
ni buscarle la pizca de gracia que tampoco
tiene esta misma realidad al cuadrado.
El libro quiere hacerse oír
como los ruidos y los pasos en la calle.
En la variación es otro el título
que deletreo: “Para un nombre sin tumba”.
Hago lo que puedo con la lectura quebrada.
Al pasar las páginas se me traban los dedos
y al llegar el sueño una mano piadosa
me cierra los ojos.
No me sorprende que algunas estrellas
bajen hasta nosotros para preguntarnos
por la extraña luminosidad del mundo.

(En memoria de Susana Jenkins.
Colonia Sarmiento, Chubut, 1955.
Desaparecida en La Plata, 1977.)



Otros poemas de JUAN CARLOS MOISÉS, aquí

junio 19, 2023

Juan Carlos Moisés: Un siglo después de Bloomsday

La imagen muestra a un hombre adulto de apariencia madura, con cabello corto y canoso y una barba blanca bien cuidada. Tiene cejas pobladas y una expresión serena e introspectiva, mirando directamente a la cámara. Viste una prenda oscura con cierre, de estilo sencillo.  Se encuentra en un espacio interior que parece ser una biblioteca o un estudio: detrás de él hay estanterías de madera llenas de libros y discos, colocados de forma ordenada. La iluminación es cálida y suave, lo que crea un ambiente acogedor e intelectual, resaltando los rasgos del rostro y la textura de los libros del fondo.


BENTEVEO EN BLOOMSDAY   


              
Hoy a la mañana vimos un benteveo 
en el ciruelo, exactamente un siglo después 
del Bloomsday (Leopoldo Bloom 
saliendo de farra a festejar con cerveza negra 
fuera de las páginas del Ulises, las sombras 
de Jim y de Nora a su lado). 
Acá nunca se vieron benteveos, pero ahora 
que llegó el cambio climático un benteveo 
es un acontecimiento. 
Estaba incómodo en el lugar equivocado, 
había perdido el sentido de la orientación 
o algo le impedía volar como había llegado, 
se lo veía exuberante, el plumaje amarillo, 
la franja negra que le envuelve los ojos 
y se continúa hasta el pico, una especie 
de antifaz, los ojos escondidos en el negro, 
en el copete otra franja negra rematando 
la cabeza a la vez que matando el amarillo 
luminoso: los verbos no son casuales 
y a veces son necesarios para tensar 
la cuerda entre la cosa y la lengua. 
Lo dijo Ricardo Zelarayán, si la realidad 
está en algún lugar está en el lenguaje. 
Estaba atento el benteveo, vería en nosotros 
una forma de amenaza, tenía dudas y al mismo 
tiempo quería quedarse, tuvo paciencia 
para decidirlo: de esa densidad incierta 
que es un minuto o un segundo estamos hechos. 
El benteveo se movió hacia el Oeste, volvió 
a moverse hacia el Este, subió a tres ramas 
distintas deteniéndose en cada una hasta llegar 
a la copa desnuda del ciruelo, y después 
se fue. No lo vimos más. 
La duración de ese momento, como el soplo 
de una epifanía, admite la descripción de un mundo 
completo, donde sólo algunas veces 
hay opciones para la excepción. 



De: "El viento qué hay acá afuera", Ediciones La Carta de Oliver, 2021 
Otros poemas de JUAN CARLOS MOISÉS, aquí

junio 23, 2020

Semblanza de Leonor García Hernando, por Sergio Kisielewsky y dos poemas

   
 La chica ya no está en el bar La Paz, no escribe junto a la ventana que da a la calle, no fuma sus cigarritos que saca de una tabaquera con brillo, ya no atraviesa Corrientes sin fijarse en los semáforos, dice cosas incorrectas en momentos incorrectos. No consigue trabajo, vive en pensiones, se enamora del hombre equivocado sin embargo huye con él, se casa de manera clandestina. Milita, reparte revistas en momentos más que difíciles, trabaja como secretaria en la SADE, es asistente de una gran cantante argentina, es una de las poetas que este país puso debajo de la alfombra con cierta incomodidad, algo generó su obra, por eso es necesario quebrar ese silencio y abrirse a su poesía. Leonor García Hernando nació en Buenos Aires en 1955, pero su época más feliz fue en Tucumán. Y le gustaba decir que su nacimiento fue un accidente de la historia. Su poesía corta por la mitad al lector, es un tatuaje a fondo, no se ve a simple vista. “La belleza ocupó todo su corazón” y por donde quiera que se mire su poética es una sombra que da luz, un esbozo narrativo incontenible como si las palabras huyeran a su origen. En la mesa del bar La Paz estaba siempre El cementerio marino de Valery, los libros de London y Baudelaire, siempre, subrayados y, por sobre todo, Los niños terribles de Jean Cocteau. Siempre atenta a lo nuevo que traían los clásicos, desembozada para vivir y escribir, falleció a los 46 años, un 31 de marzo de 2001.
    Ninguna obra se hace de hoy para mañana, pero, sus libros arrancan de cuajo una tradición para crear un imaginario en erupción. “La lujuria de esta luz blanca de los faros errando en un pavimento desolado”. Leonor avanza por la Avenida, come en Los Muchachos con Mirta Satz y Horacio el mozo de siempre dibuja una cuenta más cercana al arte que a las cifras. Coordina el Taller Literario Mario Jorge De Lellis entre 1974 y 1977, vende aros en el antiguo Consejo Deliberante, la platea se viene abajo al escuchar sus poemas en la obra Los poetas de Mascaró, estrenada en 2011, en el Centro Cultural de la Cooperación con la dirección de Leonor Manso y grandes actores, que crean una dramaturgia con poemas entre las manos. Patricio Contreras, Elena Tasisto, Ingrid Pellicori, Alejandro Awada, Walter Quiroz entre otros. Leonor me dice “Escribí más chiquito”, critica el poema, lo hace de una manera para que el próximo texto sea mejor, trabaja la imagen, la síntesis, la emoción lírica sin corta pistas, la épica hecha de un andamiaje sutil, cortante. Leonor habla con sus amigas, le alaban las piernas y escapa, se va con sus ojos azules a otra parte, cocina las mejores empanadas del mundo: las tucumanas.
   Tiene la paciencia de que el terremoto en 2001 está al caer ¿Será social, será el amor, será una casa propia? Todos los que la escuchan saben que es una poeta de otro mundo en un territorio ajado, no tiene buenas costumbres y su moral es un diamante que deja una ética imborrable, creó una obra sin respaldo alguno desde lo material y dio a la poesía una respiración distinta, versos extensos, encabalgados, sin adjetivos contando la verdad desde la herida. Sin embargo la derrota no es un precipicio, no es un señuelo final apenas es un relámpago, como definió Auden, a la muerte en el medio de un pic nic. Leonor no esclavizaba al lector con los tajos y las partidas, su universo está al borde del pudor, una saliva que se toca al leer, el vértigo de quien todo lo tiene y no lo sabe. En una reunión de la Revista Mascaró nombró a los poetas que se debía publicar. Nada más generoso que una lista de estéticas diversas, orígenes disímiles pero supo ver más lejos que todos. Admiraba a Walter Adet, Juan Carlos Moisés, Rafael Bielsa, Pedro Donangelo y Luis Eduardo Alonso. Es asombroso, al leer su obra, que, a pesar de la derrota política, está teñida de esa misma ética que no le permitía decaer (“Lisa, como serían tus ojos azules antes de 1976?”) ningún mapa represivo que, en muchas ocasiones, le mordió los talones la tuvo en el bando de la queja.
   La militancia orgánica no era su fuerte pero su empuje la llevaba a construir redes de solidaridad y reclamo por los escritores desaparecidos. El amor es otro tropiezo un vector donde decir algo con más sentido que el que suele escucharse de a miles. El casamiento clandestino con un hombre de color se realizó a espaldas de sus padres fue el comienzo de una paradoja, se escondió para ser feliz ¿escribir es esconderse? Tal vez en esa época la felicidad estaba mal vista, tenía mala prensa, así las cosas contra viento y marea Leonor fue feliz, breve fue su matrimonio pero feliz mientras duró. La juventud es algo que ocurre a veces y ella fue joven siempre hasta el último aliento. Cómo se llega a ser una poeta de esa espesura es aún temprano para desentrañarlo. Lee a los poetas franceses, los románticos alemanes, consume biografías de poetas y comienza un movimiento sutil que cambia las maneras de decir. Como el Taller por momentos era numeroso ella en forma natural se convirtió en un referente inevitable, una líder peculiar pero líder al fin en especial por su abordaje de la lectura y crítica de los otros textos. Siempre constructiva, punzante, deliberada y con fundamento. Una imagen en poesía no se construye de la noche al amanecer pero de noche y de mañana hay que trabajar las palabras, cortar la maleza, dejar que florezca lo mejor. Rigor, lecturas, tachaduras, notas al margen.
   Desde Mudanzas, su primer libro Leonor, lee a Pizarnik su otro yo, es una Alejandra que bien pudo ser su compañera de cuarto. Ya sabemos lo que ocasiona la convivencia por tanto una como otra hurgaron en materias muy disímiles, cunetas insalvables y fueron hasta el hueso. No son casuales las referencias en la poesía de Leonor hacia Pizarnik más como una hermandad que como una influencia. Los estilos son diversos pero hay un momento de las poéticas que se tocan y no porque se parezcan. Leonor entra a Pernambuco, un bar sobre Corrientes, a metros de Rodríguez Peña, hay actores y actrices. Sale de cuadro, allí los escritores van poco. Comienza un diálogo novedoso para esos tiempos, reparte sus poemas, escucha, conoce un mundo que le trae otras resonancias, el trabajo colectivo para crear en equipo, para generar obras de teatro. Si Proust la llevaba a sus juegos y vivencias en Tucumán los actores también daban en la misma tecla. Actrices y actores estaban allí, se compartía la mesa, los proyectos, el riesgo de llevar a escena a Beckett, Pirandello, Brecht. Sin embargo hay poco elemento teatral en su poesía, hay un acto de decirlo todo de un plumazo. Volver a leerla es la mejor construcción

Sergio Kisielewsky
en Fervor



DOS POEMAS
 

¡oh; la vida que existe en los libros de aventuras infantiles, para recompensarme a mí que he sufrido tanto ¿me lo darás tú? 
-Arthur Rimbaud-


                                               lejano, lejano
 parpadeo del reloj en la intimidad de la sombra.
 Huyen por el desfiladero embozados de amotinadas capas.
 La congoja de mis labios fue antes, en una copa que por minutos mordí.
Ahora retiro con un pañuelo rouge, espuma rota
los vidrios quedaron quebrados en la alfombra.
      Anchos mantos retroceden en el desfiladero con un estertor de pájaro alcanzado por la piedra. El tango completa el gesto de las piernas una forma de acercar el cigarrillo a la boca, herida que abre el rostro para que los besos se retiren
                                                 lejano, lejano
comprometerse a esas manos que apartan el pesado cabello de la frente y luego devorar la ceniza pequeña que ha quedado en el mantel.
                                                 Estoy para perder tantas veces como caigan los dados de una forma maltrecha
estoy para los grandes acontecimientos: un patio con un foso al fondo donde serán sumergidos los ahorcados, un pabellón de cal y las enfermas tocándose las ropas, el hundimiento de los barcos cargueros con pimienta negra y perlas de Malasia, con aceite crudo y navajas de Sevilla
                                                  yo estoy para las mutilaciones para los mancos con voz profunda con sus únicos cinco dedos alzados, agitados en su incapacidad de extrangular.
     Corno en un estuche, mi frente es la perla bajo las placas de fiebre.
Los lisiados desnudan sus rodillas para acercarlas al mar y fatigados dejan que el agua oprima sus mansas piernas incompletas
                                                  lejano, lejano
soy para los asmá ticos el puñado de hojas que quema la estufa; el espinazo de pánico en el descarrilamiento del Metró Port de Clinancurt - Port de Orleans
y la sospecha de los devoradores encapotados apostados en el desfiladero
                                                 lejano, lejano: ¿dónde estaba Dios cuando
te fuiste? el tango propone reprochar
escribir como un jadeo
retener ese bote que quiere deslizarse en el pantano con mi cuerpo atravesado en la quilla rozar esa cicatriz que el paisaje dejó en los párpados
estoy para rezongar
para cubrir de trébol la nuca del sonámbulo y lentos canales de sueño desagüen en esa cabeza neutra, de cabellos cortados al rape. Cabeza errática en la mesa desnuda; evoca otra posesión, otra intensidad en los cubiertos. Las cabezas descubiertas, desprotegidas entre la fuerte circulación de las voces, de las copas donde el trago es de ansiedad. Nadie quiere ser consolado.
Saturan esas manos que rozan la garganta. Perturban esos dedos las sienes escamadas de los que sólo quieren reposar
y estoy para abrir las cajas de música y escuchar los sollozos de las muchachas que abrieron otras cajas de música          otras puertas de cuartos de hotel        sus blusas con botones de nácar abrieron uno a uno desprendían los ojales del corazón y miraron con una aflicción de bolero las piernas de los hombres. 
     Estoy desnuda de situaciones poderosas. Si alguien me llamara desde una ventana oscura una voz que empu-jase mi nombre en la noche      una voz descarnada con el rostro retrasado en la penumbra      la desdicha de un barco guiado hacia el crecimiento de corales y el sonido de la brusca intemperie, de los mansos utensilios ahogados.
Una voz en la sombra grita un nombre y promete otras zonas      (y mi nombre es de reina dos veces construida y dos veces exiliada; fue hecho para el amor cortés, para las sofocaciones).   
     La resonancia de una palabra es tan alta      tan penetrente la atmósfera de un nombre que el amante desatento no encuentra donde abandonar el cuerpo desmayado de Leonor hecho de criaturas perplejas, de vacilaciones, la boca turbia de tierra: es mi reino que comí para que no me lo quitaran. 
     Mi nombre gritado desde esa alta formación de vidrio, desde un ácido encierro
y yo seré más buena      seré un cachorro que alza sus lúcidos ojos a la promesa de una voz. Tendré el encanto de los que perdieron siempre.
Estoy para los grandes acontecimientos
para dormir con Robin, el de los bosques. 




                                                   ha sido una tarde espléndida sobre los viejos plátanos que rodean la terminal de ómnibus
 y ella dijo: ___no hay nada bueno que empiece por ser una herida. 

No quiero esos obsequios miserables.
Era una niña de sienes desordenadas; una boca de labios gruesos acurrucada y saliente como una cornisa cuál era mi ofensa?      qué perdería cerca de las lanchas que derivan?      qué perdón no alcancé entre cortezas qué arrastrado manto, qué lunates y las palabras rarísimas caídas en el umbral helado?
 y ella dijo: ____ atardece con hojas de una pobre suavidad.
          No es poco ser olvidado. Quedar como una cáscara en el verano del agua estancada.
No es poco tocar la repugnancia de tu madre al mirarte y saberse tan. cercana al musgo, tan porosa y ataviada de vendas.
         La tarde mueve sus pliegues       caballos de tinta que se acumulan       esta ilusión de porvenir y derrota
nadie despide mi cuerpo
nadie pone su lengua en mi vientre
no      quitarán mi blusa en las sombras. Las suaves construcciones de seda japonesa adherirán poco más que azulejos salpicados de sangre
y ella dijo: tenía una poética de lencería
qué hacer ahora con esas enaguas, esas caídas del satén en 
los tobillos? 
tantos pliegues        el vestido de profundo escote para bailar sobre baldosas frías       el salón inmenso de tangos donde he pedido
y me quitaron más y más
y todavía el pezón sobre el "cuore" lo han arrancado
tantos pliegues              un borde marcado de encajes
mínimo telón para las piernas que se ocultan y aparecen es tarde en las hojas que oscurecen impregnadas. 
       Oculta por un antifaz, podría acercarme a las carrozas y collares de una palidez opaca, con sus lentos roces sobre la herida; consumen el paisaje inestable de la fiesta.
Queda el desierto con su almendro de leche
y ahora, bajo los pliegues, el ancho cuchillo de cocina. 

De: "Tangos del orfelinato", Colección Mascaró, 1999
Otro poema de LEONOR GARCÍA HERNANDO, aquí

octubre 14, 2017

Juan Carlos Moisés:

Un pollo mojado





Amor, humor, dolor: palabras de uso
común, qu en el poema buscan
tener ocupación cuando lo leas.
No de otro modo es posible admitir
que los sustantivos también contemplan
un punto medio y justo de las cosas.
Tu cuerpo ya había recibido las descargas
de fondo, con sus detonaciones,
y algo cambió para siempre cuando
el bisturí en la mano del cirujano,
bajo la luz irreal del quirófano,
se deslizó desde la axila hasta el centro
de tu mano, indoloramente,
y no sólo porque nos habiámos
propuesto desestimar la congoja.
El pelo te había crecido de nuevo
y fue una sorpresa la aparición
de unos rulos entrometidos
con los que nos permitimos
especulaciones chistosas.

De regreso a nuestra casa del sur,
donde pies y pensamientos se aparean
de igual modo, al final del día,
en la curación de cada noche, trataba
de que no me temblaran las manos
en el momento de ayudarte
a cambiar la gasa de los drenajes.

Hoy, durante la mañana, volví a pensar
en la otra escena teatral que anoche
nos tuvo de protagonistas exclusivos
en la intimidad del baño de la casa.

¡Ay, mi amor, mi amor!, dijiste,
como queja, cuando entraste decidida
a no salir. Y mientras te desnudabas
frente al espejo con un pudor
que no conocíamos y me preguntabas
cuánto iba a tardar en la ducha,
podía ver a través del vapor
la imagen mutilada de tu cuerpo
que devolvía el reflejo empañado.

¡Toda la vida te amaré!, dije, cantando.
¿Te parece poco? (no hacía falta decir más),
y te reclamaba para que te unieras
bajo la lluvia caliente como antes.
Tu respuesta fue salpicarme con gotas
de agua fría que en la canilla del lavatorio
juntaste en el cuenco de tus manos.

¡Soy un pollo mojado!, dije, tiritando.
Giré la canilla y salí con los pies
resbaladizos fregándome los ojos para ver
que me esperabas con una mueca
en tu cara al alcanzarme la toalla como si
fueras Eva recibiéndome en el paraíso.
Te asusté cuando di ese grito en el espasmo:
¡Aaah, esto sí que es el amor!


De: "El jugador de fútbol", Ediciones La carta de Oliver, 2015


Un bar en el camino




Cuando entré a ese baño de bar
del camino y la puerta se trabó
sin explicación, creí encontrarme
en el mismo infierno; no advertí
que hubiera lo que estrictamente
se llama fuego, crepitaciones,
gritos de dolor, sólo unos pocos malos
olores que me envolvieron
y la lamparita que no prendió.
Para estar en medio de la pampa alta
y desmesurada ese baño era un lugar
demasiado pequeño, sucio, opresivo.
Ni las frases chistosas escritas
en la pared con letra despatarrada
fueron capaces de provocarme
la mueca de una risa.

En las manchas de humedad
del revoque descascarado
vi con horror la sombra del que soy,
vi rostros no amados,
vi todo lo que no se desea ver:
de mí, de los otros, de lo otro.
Dije es el fin, ahora sé cómo es
la última visión de una persona.

Mi única esperanza fue
el ventanuco; después de forcejear
en lo alto durante unos momentos,
el hierro viejo, debilitado, carcomido
por el óxido, cedió,
y cielo y nubes entraron
increíblemente a tiempo.



Flamencos en la laguna




Esos flamencos todo
el día al sol sumergen
la cabeza movediza en el agua
apoyados en el firme equilibrio
de una de sus patas; están clavados
en la laguna, tallados en el aire.
Cada tanto rompen la monotonía,
curvan el fino pescuezo, el pico se levanta,
estiran la pata encogida y dan un paso largo
y lento que se hunde y se clava
como la pata anterior,
que ahora se pliega y espera
mientras bajan la cabeza a bucear.
Todo el interés está ahí, en la turbiedad
del fondo, en los pequeños hallazgos nutritivos.

Ninguno de esos actos minuciosos
me incluye, ni soy de la familia de esas aves;
tampoco soy lo que se dice trigo limpio
para acercarme a refrescar mis pies
sin que algo no deseado ocurra
en el plan trazado por los flamencos.

Y aunque no son mis ojos los que ven bajo esa agua
ni tengo plumas rosadas, no me aguanto: mordido
por las hormigas de la curiosidad
que siempre me empujan a donde no me llaman
me acerco a la orilla
todo lo que más puedo,
hasta que en el límite de la confianza
los flamencos levantan vuelo
con tres o cuatro aletazos,
las flacas patas colgando sobre la laguna.

Si yo fuera ellos
daría un rodeo largo y sin pausa
con la esperanza de que se fuera el entrometido
y entonces volvería lo más campante
con las alas desplegadas
a posarme otra vez en medio de la laguna,
una sola pata apoyada
en la turbiedad del fondo.

Pero se ve que esos flamencos
tienen otros planes para resolver el dilema,
y acribillados inútilmente
por la doble intención de mi mirada
siguen adelante y se pierden en el cielo
capaces como son de ver a lo lejos
adónde lleva el camino.

De “Animal teórico”, Ediciones del Dock, 2004



Otros poemas de JUAN CARLOS MOISÉS, aquí



enero 31, 2016

Juan Carlos Moisés

Poesía argentina


El tomate



Corto el tomate en la tabla de un tajo,
lo parto en  mitades sucesivas,
y para no demorar lo inevitable
sigo cercenando esos pedazos indefensos
hasta hacerlos papilla, y salvo el color
rojo como una mancha de sangre
en el pecho del herido ya no podemos saber
lo que fue alguna vez, bajo nuestros pies,
su raíz hablando una lengua desconocida,
ni lo que será, después de condimentar
a gusto, sentarnos a la mesa familiar
y comenzar a comer sin culpa,
mientras conversamos animados
sobre los temas impiadosos del día.



En la casa del galés



En la casa del galés Néstor Milton Jones
al caer la noche las gallinas subían
de memoria a dormir en las ramas
del sauce grande, cuando estaba de pie
el sauce. Hablábamos, los que éramos
entones, con la pasión de la ignorancia
y discutíamos en esos días políticos
de excepción, cuando estaba de pie
el sauce. Era una época de entusiasmos
agitados, confusos, pero lo que hablábamos
no inquieta a las gallinas ni entraba
en los planes de su sueño aéreo.
Con los ojos cerrados parecían equilibristas
de circo que han ensayado muy bien
el número principal al margen de toda
confrontación, mientras apoyábamos
o creíamos apoyar con autoridad
los dos pies en la tierra firme.
El sauce grande un día se pudrió de viejo,
y esos años políticos y las gallinas y el sueño
aéreo en el sauce, cuando estaba de pie,
se fueron como se fue nuestra juventud.
No hay decirlo por decir, porque sabemos
que lo pide la malicia de la imaginación:
nada consuela, ni lo que conocemos del futuro
ni lo que seguimos ignorando del pasado.


(a Paulina Vinderman)


Otros poemas de JUAN CARLOS MOISÉS, aquí
Imagen: ibuk

enero 22, 2016

El jugador de fútbol de Juan Carlos Moisés


Fuera del auto estacionado en la banquina

 


Entre Comodoro Rivadavia y Trelew,
en algún lugar de la Ruta Nacional 3.
No era lo que se dice una "Commedia",
tampoco era simulacro, ni era representación.
Estaba con mis hijos en "mitad del camino",
fuera del auto estacionado en la banquina,
de pie en la nieve y de espaldas al aire frío.
Nos habíamos abrigado hasta los ojos antes
de bajar, y no hablábamos porque era posible
que se nos congelara el aliento, las palabras.
A falta de sol, una especie de luz se suspendía
sobre los campos congelados de la tarde.
El chorro tibio, a temperatura corporal,
fue haciendo un hueco en la nieve.
La aureola amarilla avanzaba, concéntrica,
fuera del círculo polar y gradualmente
lo derretía sin que hubiera oposición.
Le devolvíamos a la tierra, paciente bajo
la masa compacta, una pertenencia en común.
Cuando, cada uno en lo suyo, terminamos
de arroparnos y caminábamos hacia el auto
con el motor en marcha y la calefacción
encendida donde esperaba la madre,
coincidimos en mirar trescientos sesenta
grados alrededor. Todo era blanco, y esa
luz precaria se desparramaba envolviéndonos
como el aliento de la respiración. Había algo,
además de la nieve, en ese lugar apartado, sin
puntos de referencia, que nos hacía mover lentos,
callados, como si aún nada tuviera nombre.



El jugador de fútbol, Ediciones La carta de Oliver, 2015De: "El jugador de fútbol", Ediciones La Carta de Oliver, 2015
Otros poemas de JUAN CARLOS MOISÉS, aquí

enero 23, 2013

Juan Carlos Moisés

Poesía argentina


Una carta



la carta que está sobre la mesa
fue enviada hace cuatro días desde
Buenos Aires
siempre
pensé en Buenos Aires
de chico soñé con Buenos Aires
todavía pienso y sueño con Buenos Aires

dos mil kilómetros viajó esta carta seductora
para venir a mi encuentro
y transformar a este pequeño pueblo del sur
en un país desconocido



Respuestas




Lejos los perros ladran
sobre el final del invierno
y se contestan
de un extremo a otro
del pueblo dormido
y también hay respuestas
calladas
humanas
doloridas
de algunas voces que la noche
cierra
como una mano



JUAN CARLOS MOISÉS (1954, Sarmiento, Provincia del Chubut, Argentina)
De. "Querido mundo", 1988, Ediciones El Lagrimal Trifurca
Enlaces: 12 Poetas chubutenses