Ricardo H. Herrera
En las Termópilas, como en cualquier otra retaguardia que se precie, no se estila el desahogo agrio y destemplado, mucho menos la verbosidad, de modo que reestructuré mi dolorido sentir (al decir de Garcilaso) haciendo uso de una herramienta provista de leyes formales que ofrecen la chance de ponerle freno a la emoción, al tiempo que adiestran y multiplican su potencia invasiva. El verso medido o metro, tal la herramienta a la que me refiero, por la singularidad de su origen —ritual, litúrgico, sacro— posee la facultad de acumular energía y edificar un orden significativo, aun con situaciones de vida que nada tienen de edificante, como se comprobará en la secuencia de poemas aquí recogidos.
Al referirse a la oda horaciana, el joven filólogo Friedrich Nietzsche definió cabalmente el furor arquitectónico del poema ideal o clásico: “Ese mosaico de palabras en el que cada vocablo —como sonido, como lugar, como concepto— irradia su fuerza hacia derecha e izquierda y sobre la totalidad; ese mínimo en la extensión y en el número de los signos, ese máximo en la energía de los signos que con él se logra; todo eso es romano y, si se me quiere creer, noble por excelencia.” Le he creído, naturalmente; y, al igual que los clásicos de nuestra lengua, he seguido el camino del arrogante epicúreo que escribió sus odas hace dos milenios.
A fines de 1995
Oceano nox
Melodrama
De: "Lady Macbeth", Barnacle, 2021
Imagen: Rafael Sanzio

0 Comentarios