Nuevas maneras de ser feliz
(sobre un poema de Óscar Hahn)
La mesada está cubierta con las frutas que comemos por la tarde en el living de tu casa. Ayer salteamos la merienda para ir hasta la rambla que inventaste a señalar los espacios que habitamos desde afuera. Corazón, vas superpuesto con el punto hacia el que vamos, reflectado en el vidrio de una tienda de chucherías.
En la fiesta podrías haber bailado
pero te dedicaste a escuchar
una charla de mujeres
y a fumar un cigarrillo.
El sueño te impedía mirar
lo que, de todos modos,
no veías
Intentás habitar tu cuerpo
En la fiesta podrías haber bailado
pero te dedicaste a escuchar
una charla de mujeres
y a fumar un cigarrillo.
El sueño te impedía mirar
lo que, de todos modos,
no veías
El pasajero
Dejás atrás los miles de nombres
que fuiste dándoles a las cosas
y que se perdieron sin dar aviso.
Sentado en el aeropuerto de Vancouver
escuchás la melodía cruel
que una estudiante toca
en un mundo paralelo
Camarones
El sol te cegó los ojos
aunque estaban cerrados.
Los abriste solo para mirarlo de frente
durante el momento en que
una bandada pasó ligera
por encima de tu cabeza
Sobre todo, no ser el causante de lo que ocurra.
Hay que estar un poco roto
y a la vez sostenido
por la obstinación en que vivimos.
Cada día es una anotación
con un aire de consigna.
Y hablando de la experiencia:
¿vas a decir que no llegás a nombrarla?
Si la risa loca de las palabras
parece que te dijera:
“al final es tu vivencia la que era un juego,
¿ves que no pasa nada?”
Quizás haya llegado con los años
a un secreto escepticismo
respecto de la eficacia
de su trabajo, y tal vez no fui el único
que se preguntó si su experiencia
lo habrá llevado a interrogarse
si su práctica era solo un pasatiempo.
Desde un principio lo habrá sabido:
quien ofrece un talento debe agregarle un carácter
y no hay mejor modo de llamar al estilo
que confiarse a la repetición y la persistencia.
Redujo su proceder a una economía tan férrea
que la volvió un axioma: guardar silencio
hasta el colmo de lo tolerable.
Lo trabajoso no sería la cura, que no estaba
en sus manos, sino mitificar su pose
y resistirse a la tentación de hablar.
La parquedad sería su sello,
y si por él hubiese sido
habría extremado el personaje
para no hacerse escuchar hasta dar
por terminada la sesión;
pero sin una frase de tanto en tanto
él mismo se hubiera evaporado.
Con el pasar de los años llegó tal vez
la apesadumbrada conclusión:
era imposible dictaminar si su práctica
incidía en los trastornos de sus pacientes.
Nadie, a decir verdad, se curaba…
La clínica le habrá traído entonces
la reminiscencia de algún panel televisivo:
la gente acudía para animarse a dejar una pareja
para decidirse a estudiar una carrera
o para conocerse a sí misma.
En esos casos quizá ayudara
pero la perspectiva de esa vida burguesa
seguramente lo aburriría. ¿Qué hacer?
No podía perfeccionarse más que en el arte
de la ocurrencia: no había otra cosa.
¿Habrá sentido alguna vez disgusto
al detectar una dolencia en la forma
de una broma o una ambivalencia
expresada en un olvido?
Se dedicó a pensar libremente
en las sesiones
como si fuese un llamado del destino.
Era imposible (para el otro) confirmar lo que él hacía.
Su distancia se hizo majestuosa:
una herramienta forjada a mano y aplicable a cada caso.
Además, quienes hablaban, no lo veían…
Una tarde citó a Boileau: “Lo mejor es lo posible”,
¿y qué era sino pensar lo que allí
básicamente se podía?
Por lo que ya estaba todo dicho…
Especuló cada vez con mayor arte.
¿De qué se lo podía acusar?
En definitiva, esa había sido su pasión
además de la enseñanza, la reflexión y cada tanto
la escritura sobre unos conceptos con nombre alemán
y flexión francesa que lo ocuparon
al punto que les dedicó su vida
aunque estaban cerrados.
Los abriste solo para mirarlo de frente
durante el momento en que
una bandada pasó ligera
por encima de tu cabeza
3
Sobre todo, no ser el causante de lo que ocurra.
Hay que estar un poco roto
y a la vez sostenido
por la obstinación en que vivimos.
Cada día es una anotación
con un aire de consigna.
Y hablando de la experiencia:
¿vas a decir que no llegás a nombrarla?
Si la risa loca de las palabras
parece que te dijera:
“al final es tu vivencia la que era un juego,
¿ves que no pasa nada?”
Bulnes y Rivadavia
Quizás haya llegado con los años
a un secreto escepticismo
respecto de la eficacia
de su trabajo, y tal vez no fui el único
que se preguntó si su experiencia
lo habrá llevado a interrogarse
si su práctica era solo un pasatiempo.
Desde un principio lo habrá sabido:
quien ofrece un talento debe agregarle un carácter
y no hay mejor modo de llamar al estilo
que confiarse a la repetición y la persistencia.
Redujo su proceder a una economía tan férrea
que la volvió un axioma: guardar silencio
hasta el colmo de lo tolerable.
Lo trabajoso no sería la cura, que no estaba
en sus manos, sino mitificar su pose
y resistirse a la tentación de hablar.
La parquedad sería su sello,
y si por él hubiese sido
habría extremado el personaje
para no hacerse escuchar hasta dar
por terminada la sesión;
pero sin una frase de tanto en tanto
él mismo se hubiera evaporado.
Con el pasar de los años llegó tal vez
la apesadumbrada conclusión:
era imposible dictaminar si su práctica
incidía en los trastornos de sus pacientes.
Nadie, a decir verdad, se curaba…
La clínica le habrá traído entonces
la reminiscencia de algún panel televisivo:
la gente acudía para animarse a dejar una pareja
para decidirse a estudiar una carrera
o para conocerse a sí misma.
En esos casos quizá ayudara
pero la perspectiva de esa vida burguesa
seguramente lo aburriría. ¿Qué hacer?
No podía perfeccionarse más que en el arte
de la ocurrencia: no había otra cosa.
¿Habrá sentido alguna vez disgusto
al detectar una dolencia en la forma
de una broma o una ambivalencia
expresada en un olvido?
Se dedicó a pensar libremente
en las sesiones
como si fuese un llamado del destino.
Era imposible (para el otro) confirmar lo que él hacía.
Su distancia se hizo majestuosa:
una herramienta forjada a mano y aplicable a cada caso.
Además, quienes hablaban, no lo veían…
Una tarde citó a Boileau: “Lo mejor es lo posible”,
¿y qué era sino pensar lo que allí
básicamente se podía?
Por lo que ya estaba todo dicho…
Especuló cada vez con mayor arte.
¿De qué se lo podía acusar?
En definitiva, esa había sido su pasión
además de la enseñanza, la reflexión y cada tanto
la escritura sobre unos conceptos con nombre alemán
y flexión francesa que lo ocuparon
al punto que les dedicó su vida
Imágenes delgadas, tenues, sostenidas por las líneas finas de la mirada, que se posa sobre los objetos casi como si flotara. Relicarios de una fe perdida, o que llega tarde, cuando la escena ya se ha disuelto, y solo queda de ella una rememoración difusa, titubeante, difícil de recordar, casi indescifrable. En los poemas de Gustavo la atención parece funcionar fuera de compás: demasiado detallista para acompañar un pensamiento que ya está en otro lado. El pensamiento tiene forma, pero la suspensión de la forma también es un pensamiento. Por momentos me da la impresión de que en estos poemas hay un pensamiento que escribe y otro que lee, que no funcionan al unísono pero que muchas veces se confunden. Podría imaginarme que la poesía de Gustavo habita el espacio de ese desencuentro, pero sin embargo a veces la conjunción se produce, y entonces su poesía conquista un instante.
Ezequiel Alemian

Publicar un comentario