Viajado
“Una barca es y no es
cuando se hunde
ambas desaparecen”
Issa Kobayashi
De repente pienso en la representación
de una pluma, no sé la memoria casi mnemotécnica repiqueteando
en los versos de Emily Dickinson,
tampoco me aprendí los vocablos de los pájaros
y sin embargo me acuerdo de esa vez
en casa. ¿Qué sería un viaje
sino tan sólo otra representación? Ya no la pluma
si no quizá un trineo y la polvareda de la nieve
desvaneciéndose en el paisaje mental
con un efecto para nada lírico.
¿Dónde guardaste tu voz?
Sos joven, no sos feliz, ahora vas a contar:
Uno, dos y tres hasta desaparecer
como un zorrito dorado en la visión de un arquero
maravillado por tus ojos
y el mapa de tus huellas que conduce a tu hogar
para más adelante encender una fogata y dormirnos
uno al lado de otro.
¿No era eso el amor?
Aquello que me dijiste: “gracias por estar,
es navidad, mi vida sigue electrizada por la tristeza
¿me vas a querer igual?”
En la noche más oscura cubierta de nieve
con todo el resplandor de las sombras.
Vuelvo: ¿Encontraste tu voz?
¿Y dónde la perdiste? ¿Fue en esa noche?
¿Fue mientras nos imaginábamos
cayendo
como esa pluma del poema
que yo me repito de memoria?
pero vos ni siquiera lo encontrarías en una canción
y contra todo pronóstico igual
¿sabrías que hablo de vos? ¿O acaso la perdiste en el trineo
yendo hacia quién sabe dónde?
Esa única noche, digo:
en la formación de la lírica el proceso
es parecido al de la descomposición de una helada
sólo que la claridad del frío
se desvanece a la inversa de la luz
hasta convertirse en una emoción nublada
como un archipiélago
alrededor del círculo polar.
¿Qué me ibas a decir? ¿El trineo? ¿Tu voz?
El poema que no leíste pero y sin embargo es como si.
¿Qué escuchaste?
El ángel de la tristeza acariciándote,
susurrándote por lo bajo: “Una chica y un hombre van perdidos,
háblale dice el ángel, ahora háblale
pueden construir una casa: primero la tierra y después
una cabaña de madera rodeada de pinos
y al último un sueño compartido
donde un ángel te habla y te acaricia y así?”
Cada tanto quisiera ser un auricular
a veces de oro
a veces de plata
sostenido en la imagen acústica de tu corazón,
un poema que refiere a otro poema que no leímos
una fábula dentro de una fábula,
la narración de un cuento de hadas
que al final termina su recorrido en el mismo punto
donde nos subimos en un trineo imaginario
para no regresar nunca
y por más que lo intentamos
una y otra vez
terminamos en el mismo lugar
donde esta historia recién comenzaba.
De: "Los gamos", Ediciones Trafinku, 2024.
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Imagen: Paola González

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