Elena Anníbali | Poemas sentimentales

Muchos días de calor seguidos. Mucho manglar espiritual.
Anoche no conseguí dormir por los mosquitos y la luna llena:

todo embatía hacia mi espíritu cansado y mi cuerpo, sudoroso,
pegado a las sábanas. Escuchaba la respiración de mi marido,

pausada y rítmica, como debe ser la forma en que respiran los
que no se preguntan nada, los que no dudan. Tengo una forma

pulcra de envidiarlo: apago y prendo la luz del velador. Lo
llamo, me responde, apago la luz otra vez. No vamos a tener

ninguna conversación difícil. No vamos a hacernos daño. Vamos
a hablar, otra vez, con la lejanía del salmo y las miradas. Pero

ahora no. Ahora no. A esta hora él camina en la casa donde su 
padre reza en armenio antiguo y su madre, perfecta, sin cáncer,

duerme una siesta pegada a su cuerpo, todavía azul. Lo sé por
la manera en que, a la luz del velador, su rostro adquiere la

consistencia de una felicidad atávica y vira, luego, hacia una
angustia infantil, cuando su madre se pierde otra vez entre puertas

y camas blancas. La luna traspasa las cortinas. Tengo sed y
cansancio. Esta vez me muevo como un fantasma, llego

a la habitación de mi hijo. Está dorado por el verano, dormido
perfectamente, bajo sueños sin desesperación ni dolor. Nuestra

genética ha conducido, como el salmón, por aguas contrarias,
y ha generado este ser, lleno de felicidad y amor. Sueña tus 

sueños, ahora. Nosotros construiremos con este terso y amargo,
-amargo- mármol, una escalera.


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Del libro inédito Poemas sentimentales












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